El Centro de Estudios Sobre Nutrición Infantil Dr. Ajejandro O’Donnell es una entidad de Bien Público Fundada en 1979 que tiene como propósito hacer operativo el conocimiento para promover una mejor nutrición infantil

El hambre es urgente, la desnutrición, trascendente

Inspira este comentario editorial el regreso a la primera plana de los medios de comunicación la aparición de nuevos casos de desnutrición infantil. Un flagelo, inadmisible en un país que tiene la capacidad de exportar al resto del mundo alrededor de 10 veces más de lo que consume. Escenas que muestran el hambre en el contexto de la pobreza y el desamparo en el NOA, zona que concentra junto con el NEA los indicadores más severos de desnutrición de nuestro país.

En una de cada dos muertes que suceden en niños menores de 5 años, la desnutrición juega un papel importante, aunque pocas veces se la inscriba como causa directa de la defunción. Es que la muerte infantil generalmente sobreviene como una complicación infecciosa que se hubiese podido evitar o por la gravedad inusitada que en los niños desnutridos adquieren enfermedades que son por demás tratables en condiciones de buena nutrición. La diarrea, la enfermedad respiratoria, la neumonía, no sólo son más frecuentes, sino que son más graves en los niños con compromiso nutricional. Es que la desnutrición afecta prácticamente todos los sistemas y funciones del organismo: defensas, fuerza muscular, resistencia, capacidad para el transporte de oxígeno, respuesta inflamatoria, coagulación, estado de ánimo, respuesta cognitiva. Prácticamente no hay función del organismo que no se vea afectada por la desnutrición.

El 35% de todas las muertes infantiles se concentran en el 30% de los niños que nacen en las provincias con mayor mortalidad infantil y pobreza estructural. La desnutrición aumenta el riesgo de infección de los niños que viven en condiciones de saneamiento ambiental deficiente cerrando un círculo perverso en el que cada nuevo episodio de enfermedad compromete aun más la situación nutricional y retrasa el crecimiento. Por ello, la talla que alcanza una población es una medida del bienestar y la calidad de vida de sus integrantes.

Pero por cada niño que muere en nuestro país antes de los 5 años de edad, existen 6 niños que sobreviven y arrastran secuelas sobre su crecimiento -que definimos objetivamente como desnutrición crónica- y 23 niños a los que les falta hierro y desarrollan anemia. Los indicadores que disponemos son ineficientes para medir la verdadera magnitud del daño difuso que producen la pobreza y la desnutrición sobre el crecimiento, desarrollo infantil y capital humano de un país. Por ello no debe circunscribirse el análisis de la desnutrición a la mortalidad infantil sino que debe interpretársela como una barrera que se interpone en un niño limitando la expresión de todo su potencial.

En Argentina, la mayor parte de los casos de desnutrición son leves a moderados, pero en las zonas de mayor pobreza estructural, en las zonas rurales y en los pueblos originarios la severidad de la desnutrición puede ser mucho mayor. El riesgo de morir está estrechamente ligado a la severidad de la desnutrición. Un niño con un retraso de crecimiento leve tiene 20% más riesgo de morir antes de llegar a la escuela. Pero si el retraso es moderado el riesgo asciende a 60% y si es severo es un 400% mayor. Las cifras de retraso crónico de crecimiento de la Encuesta Nacional de Nutrición, (2007) demuestran que a nivel nacional 8 de cada 100 niños padecen desnutrición crónica, la que en su gran mayoría se instala en la ventana comprendida entre la gestación y los dos años de edad. Pero, en el NOA y el NEA esta cifra asciende al 14% donde uno de cada 7 niños tiene desnutrición crónica. Por lo tanto no debe extrañar que haya más niños que mueran de causas que se hubieran podido evitar.

Es un error pensar la desnutrición con la lógica de las enfermedades agudas en las que tratadas las causas se logra la recuperación. Un niño con desnutrición crónica arrastra por el resto de su vida cicatrices en su crecimiento que no se recuperan (o que lo hacen muy difícilmente) y que afectan el capital humano de toda la sociedad.

Resulta difícil de comprender que un país que tiene uno de los mayores excedentes nutricionales del mundo tenga niños con desnutrición. Prevenir la desnutrición es cuidar a los niños. Brindarles un ambiente de amor, afecto, cuidado y alimentos adecuados. Hacerlo desde el momento mismo de su concepción, cuidando a la mujer embarazada, promoviendo el crecimiento de las niñas para que cuando en su edad fértil sean madres, puedan criar a sus niños en un ambiente nutricional y afectivamente adecuado.

La desnutrición, especialmente cuando ocurre a edades tempranas compromete la “educabilidad” de los niños. Es decir su capacidad de aprender, clave para insertarse productivamente en un mundo de conocimiento. Niños con bajo peso de nacimiento y mal crecimiento en los primeros años de vida tienen una menor respuesta cognitiva aun cuando se controlen factores “confusores” como el nivel social y nivel de instrucción de los padres. El seguimiento longitudinal de 5 cohortes (dos de ellas en América Latina) demuestra que la escolarización mejora en los niños que -a pesar de haber tenido un crecimiento intrauterino deficiente- logran mejorarlo en los primeros dos años de edad. Un niño que tiene retraso crónico de crecimiento –es decir cuando no crece todo lo que hubiese podido crecer de criarse en condiciones adecuadas- a los 2 años de edad tiene un 50% más de riesgo de repetir la escuela. En nuestro país, la mayor deficiencia de crecimiento ocurre durante la vida intrauterina. Estudios realizados por Bolzán en nuestro país demuestran que 5 causas explican el 50% del riesgo de tener un bajo peso de nacimiento: la baja talla de las madres, el tabaquismo, la delgadez al inicio del embarazo y la mala progresión de peso durante la gestación. Existen ejemplos de programas exitosos en la Región. Técnicamente sabemos qué hay que hacer.

Martorell en los estudios de COHORTS demuestra que intervenciones tempranas que promueven el crecimiento en los primeros dos años de vida entre los cuales la lactancia materna y la alimentación complementaria son pilares, son efectivos para compensar algunos de los efectos deletéreos de la desnutrición intrauterina. Ya no solo se trata de prevención de la desnutrición, sino de tratar con medidas nutricionales efectivas y demostradas a niños para que puedan mejorar su crecimiento temprano. El crecimiento es una dimensión, ya hemos hablado en muchas ocasiones del impacto de deficiencias de micronutrientes que no comprometen el crecimiento pero que tienen gran impacto en el desarrollo cognitivo y dejan secuelas irreversibles sobre el desarrollo. El caso del hierro es paradigmático y sucede con mayor frecuencia en los hogares pobres y en esta etapa de la vida.

Los años de vida perdidos son una medida epidemiológica más representativa de la importancia social de una enfermedad que su prevalencia porque define lo que se pierde con ella. Del total de años de vida perdidos en el mundo (y en nuestro país también) los problemas nutricionales representan la tercera parte (27%) de la carga de enfermedad en niños menores de 5 años. En esta edad, el retraso de crecimiento, la insuficiente lactancia materna y las deficiencias de hierro y de zinc son los problemas nutricionales más importantes. En números: 8% de falla de crecimiento, 65% de falla de lactancia exclusiva al 6to mes y 34% de anemia. Sin lugar a dudas, estos promedios enmascaran una situación que se agiganta en condiciones de pobreza y vulnerabilidad.

Cuando faltan alimentos hay hambre y se requieren soluciones urgentes. Pero resolver el hambre no necesariamente implica combatir la desnutrición. La nutrición es trascendente, porque sus consecuencias se proyectan en nuestra esperanza y calidad de vida, en el capital humano de una sociedad y en la carga de enfermedad que debe soportar su sistema de salud.

Hay algunas intervenciones que han demostrado ser sencillas y efectivas para disminuir la mortalidad y la desnutrición infantil. El problema no es saber qué hacer, sino cómo implementarlo. Es importante comprender que la inversión en salud y nutrición solamente es efectiva cuando acompaña y comprende la dinámica del ciclo de la vida. El resultado de intervenciones adecuadas durante el periodo pre-concepcional, el embarazo, los primeros años de vida es mucho mayor que acciones aisladas en cada período. Porque un niño que nace como producto de un embarazo cuidado, de una madre que progresa adecuadamente de peso, que brinda una lactancia exclusiva durante los primeros seis meses de vida y logra sostenerla hasta los dos años, que introduce alimentos apropiados en el período de la alimentación complementaria y que es capaz de educar hábitos saludables logra niños que a los 5 años están en condiciones de incorporarse a la sociedad en otra condición. Sus chances de terminar la escolaridad, formar una familia y recrear hábitos virtuosos son mayores.

Cinco intervenciones su eficacia a escala global para disminuir la mortalidad:

  • Promoción de la lactancia.
  • Alimentación complementaria adecuada.
  • Suplementación con vitamina A y Zinc.
  • Manejo apropiado de la desnutrición severa.
  • Mejoramiento de la ingesta nutricional de la madre durante el embarazo

Esta ha sido la vocación de CESNI a lo largo de sus 34 años de trayectoria en Argentina, intentar hacer operativo el conocimiento en nutrición infantil para que se traduzca en acciones concretas para la salud de nuestros niños. En el mes de noviembre y con la presencia de más de 30 expertos de la Región se realizará el Taller sobre el significado del crecimiento saludable. Agradecemos al Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos de Chile que ha participado en la organización conjunta y al Instituto Danone del Cono Sur, por el auspicio económico que hace posible esta convocatoria.

Esteban Carmuega
Director CESNI

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