Las Metas para el Desarrollo en el Milenio (MDM) o en inglés (Millenium Development Goals MDGs) han movilizado al mundo en los últimos tiempos; los gobernantes de los países del mundo se han comprometido a tomar las acciones necesarias para alcanzar estas metas. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha tomado el cumplimiento de estas metas como la orientación estratégica de todas sus acciones, y en especial el logro de los MDGs ha servido para focalizar los esfuerzos de las acciones de las Agencias especializadas de la ONU tales como la FAO, la OMS/OPS, UNICEF y el PMA.
La meta MDG/MDM número 1 propone reducir el hambre extrema y la pobreza a la mitad. La forma concreta de medir el grado de progreso en el logro de esta meta es la disminución del número de niños desnutridos. El criterio propuesto para definir estado nutricional en términos operativos para medir el cumplimiento de esta meta es la evaluación de la relación peso para la edad. La proyección de los avances a la fecha indica que América Latina (AL) en su conjunto alcanzara dichas metas en el plazo señalado que culmina en el año 2015. Los países del Cono Sur, de hecho ya han cumplido dicha meta si tomamos las cifras nacionales disponibles. Si bien lograr esta meta es loable, la pregunta que surge si se mira el tema con más profundidad y se efectúa un análisis crítico del tema es; cuan apropiado es usar el peso para la edad como indicador de buena nutrición y de crecimiento saludable (conducente a una buena salud a través del ciclo vital) en la región de AL. La evidencia disponible señala que el mejorar el peso para alcanzar los estándares internacionales en peso para la edad puede no ser el enfoque más apropiado si buscamos reducir la carga de enfermedad y muerte a lo largo de la vida.
La información que emerge de los datos disponibles indica que en muchos casos la ganancia de peso acelerada se asocia a un mayor riesgo de enfermedades crónicas no transmisibles y discapacidad a lo largo de la vida. Más aún, si los niños desnutridos mayores de 2 años son alimentados con el objeto de que mejoren su peso lo que sucede en la práctica es que ganan peso en forma acelerada pero un gran número no aumenta su talla dentro de lo esperado para la edad, el resultado final es un niño que mantiene su déficit de talla y gana peso por sobre lo normal para su talla. Es decir proyectado a la población adulta esto se traduce en individuos con baja talla y con obesidad. Precisamente esta es la situación de gran parte de la población adulta en los países de América Latina -incluyendo los del Cono Sur- que avanzan en la transición epidemiológica disminuyendo las muertes y carga de enfermedades asociadas a las deficiencias nutricionales y por otro lado aumentan la carga relacionada con la obesidad/diabetes, enfermedades cardiovasculares y cáncer.
Existen numerosos estudios en la región de América Latina y en el mundo que señalan que la mejor forma de evaluar la salud con un enfoque del curso vital es la medición de la talla, ya que el crecimiento en talla se asocia no solo a una mejor sobrevida en la infancia sino que también se asocia a un menor riesgo de enfermedades cardiovasculares en la edad adulta. Más aún si el objetivo de nuestra región es alcanzar el desarrollo, debemos considerar no tan solo los efectos sobre la salud sino los efectos del crecimiento sobre la productividad tanto a nivel educación escolar en la niñez y adolescencia si no que la productividad laboral de la población adulta. Los análisis económicos muestran que la productividad económica se relaciona estrechamente con la talla promedio de la población, y que la talla -más que el peso- es el mejor indicador de la productividad de la población adulta. Más aún, si consideramos que la relación entre BMI (un indicador nutricional basado en el peso para talla) y la sobrevida de la población adulta (como índice de salud) es de tipo J podemos definir que tanto el déficit nutricional como el exceso medido como un BMI alto son poco deseables. La realidad nutricional de la población adulta en la región desde ya varias décadas está marcada por una talla baja y sobrepeso para la talla. Si bien el progreso en talla en varios países de la región ha sido notable en muchos todavía persiste la talla baja de adultos y niños asociada a condiciones de pobreza. Más aun hoy día se ha demostrado en forma cierta que los niños de talla baja que ganan peso rápidamente tienen mayor riesgo de sufrir de obesidad abdominal, diabetes con consecuencias para la salud cardiovascular y el riesgo de morir a edades tempranas.
Asegurar el crecimiento saludable de los niños de nuestros países constituye no solo un imperativo moral sino una verdadera inversión social, que disminuye el riesgo de enfermar y morir en la infancia y que además se asocia con una mayor capacidad para alcanzar una mejor educación y productividad laboral como adultos.
Hoy en día y en el futuro predecible el desarrollo económico no se logra acumulando tan solo capital físico si no que se logra cuando potenciamos el capital humano, invirtiendo en mejorar la nutrición, salud y educación de nuestra población con un enfoque del ciclo vital es decir desde antes de nacer hasta que se completa el desarrollo físico y mental, solo así podremos alcanzar el desarrollo económico-social con equidad que todos añoramos.
Frente a esta situación el CESNI, el INTA de Chile y el Instituto Danone Cono Sur han convocado a un distinguido grupo de expertos en nutrición, crecimiento y salud de los niños de Argentina, Chile y Uruguay para deliberar sobre estos temas. El objetivo es establecer cuál es la situación actual en la sub-región y considerar cuales son las mejores formas medir el estado nutricional de los niños y potenciar el crecimiento saludable con un enfoque del ciclo vital.
Ricardo Uauy
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